El poder sin fe

Una de las comparaciones más frecuentes es la de la transición soviética con la venezolana. Pero hay una diferencia esencial.
Cuando Mikhail Gorbachev inició la apertura, buena parte de la sociedad aún creía —o al menos no había dejado de creer del todo— en el sistema. La ideología estaba debilitada, pero viva. Al abrirse, el sistema terminó desbordándose.
En Venezuela ocurre lo contrario.
El chavismo ha perdido su capacidad de movilizar. Ya no convoca ni entusiasma. Lo que permanece no es una fe política, sino una estructura de poder.
Y eso cambia todo.
Porque hay sistemas que necesitan ser creídos para sostenerse.
Y otros que aprenden a sobrevivir sin esa necesidad.
Por eso los gestos recientes —cambios de tono, de símbolos, de lenguaje— deben leerse con cautela. No necesariamente anuncian una transición. Pueden ser simplemente una adaptación.
No basta con cambiarse el color de la camiseta para convencer.
El poder no se redefine por su apariencia, sino por sus límites.
Mientras esos límites no cambien, lo demás es superficie.
Porque cuando la ideología se apaga, no hay maniobra de poder que la sustituya.
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