La sonrisa de Diosdado es angelical pero la procesión va por dentro. El presidente de la Asamblea Nacional analiza diferentes escenarios tras denuncias presentadas ante la agencia antidrogas de EEUU por un descontento capitán de corbeta. La sombra de Manuel Noriega aflige sus jornadas, pero como siempre, su estado de ánimo es cordial y su amor por la patria, más angustioso que nunca
Por estos días, el laberinto en que ha quedado atrapado el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela Diosdado Cabello está todavía más enredado que su papagayo. Cabello sabe que es amado por el pueblo y adorado por sus camaradas de armas.
Más de un general del ejército bolivariano querría recibir los elogios que le están prodigando en estos días a un humilde y austero capitán como Cabello. En realidad, revisando la historia, excepto el Libertador Simón Bolívar, nadie ha sido bendecido con las frases que derrochan sobre el paladín de la Revolución Bonita.
Falta que alguien lo califique con algo factible de rimar con inmarcesible, pero por el resto, no han escaseado las merecidas honras. Basta leer esta frase de los miembros y miembras de las Fuerzas Armadas dedicada al galán de Wikileaks: Cabello “seguirá siendo un digno representante de la institución castrense en la cual se formó, y desde donde ha emprendido con estoicismo, valentía moral y elevadísimo amor patrio, la lucha incansable por la conquista del sueño de Bolívar y Chávez, una Venezuela libre, independiente y soberana”.
Lea el lector o lectora de TalCual esta frase, y a mitad de camino sentirá que se le hace un nudo en la garganta. Y para clausurar esa muestra de devoción, se informa que “Los hombres y mujeres que orgullosamente conformamos la gran familia de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, reiteramos al diputado Diosdado Cabello Rondón y su honorable grupo familiar, nuestro apoyo incondicional a su persona y al Poder del Estado que dignamente representa, cerramos filas en torno a su condición de ser humano e insigne ciudadano, indomable combatiente social para quien la Patria es primero”, y posiblemente, la Matria es lo segundo.
Curiosamente, Cabello no parece compartir el jolgorio que convoca su presencia. Como todos los grandes hombres, padece la soledad del poder. Su único amigo del alma, el presidente Nicolás Maduro, se halla estos días indispuesto. Sigue sufriendo de jet lag, que contrajo, joven aún, cuando conducía un autobús.
La afección de Maduro se ha acentuado en las últimas semanas luego que la nomenclatura chavista le pidió hallar alojamiento en cualquier lugar de los cinco continentes. Solo exige dos condiciones: que la vivienda cuente con helipuerto, y que en los sitios elegidos no rijan tratados de extradición.
En otras circunstancias Cabello se mostraría feliz de concitar tanta admiración en las filas de una institución como las FANB, encargada de monopolizar el uso de la violencia junto con los colectivos armados, quienes gozan de una violencia de uso dual, pues durante los escasos períodos en que no están combatiendo en el frente de batalla dedican sus labores de paz a saquear el botín de guerra del enemigo.
Muchos se preguntan ¿Por qué un ser tan querido como Cabello luce ahora desmejorado, se la pasa observando el horizonte, y despliega el catalejo cada vez que sobrevuela un avión a baja altura? Porque Cabello ha tropezado con un formidable enemigo, el imperio del mal.
Tal vez el gobierno de Washington no es muy ducho a la hora de enfrentar a las fuerzas islámicas en el Medio Oriente, o en Afganistán. Pero es famoso por humillar o mandar a matar a una clase especial de adversarios: aquellos que los toman en solfa. Y Diosdado, piensan esos paranoicos de la Drug Enforcement Administration, los ha tomado en solfa.
En el ancho escritorio de su modesto estudio, flanqueado por libros hasta el techo donde abundan obras de teoría militar, de filosofía, de religión, y las vidas de santos, hay ahora desperdigados varios tomos de colecciones atrasadas de periódicos.
Cada figura histórica se refugia en sus modelos del pasado para arrostrar los retos del presente. Cuando Adolf Hitler estaba en la lona, solo lo mantenía en pie su admiración por Federico el Grande, el monarca prusiano que logró arrancar una victoria de las fauces de la derrota, tras enfrentar la coalición de Rusia y de Austria.
Para Cabello hay otros ejemplos del pasado, seres excepcionales que le hicieron pito catalán al imperio, destruyeron su fama, le manosearon el tafanario. Pero ninguno de ellos tuvo un final feliz.
Cabello observa dos fotos del general panameño Manuel Noriega. En una, aparece victorioso, con el machete en ristre. En la otra, viste traje de presidiario y sostiene, colgado del cuello, un cartel con su nombre y una cifra, ignoramos si se trata del número de su prontuario o de su celda. ¿Qué hizo Noriega? Quiso que su patria fuera soberana.
En 1983, Noriega unificó los contingentes militares, y los transformó en las Fuerzas de Defensa Panameñas, se promovió al rango de general, por supuesto, con la anuencia de sus lugartenientes, y se convirtió en el líder defacto del país.
En 1989, Noriega canceló las elecciones presidenciales, e intentó gobernar a través de un gobierno minoritario pero profundamente leal a su figura. Tras fracasar un golpe militar, el gobierno norteamericano encabezado por George Herbert Walker Bush, padre del presidente que ordenó invadir Afganistán e Irak, ordenó invadir Panamá.
Había, por supuesto, razones de estado. El gobierno de Washington no quería perder una base de operaciones tan importante como el canal de Panamá. Pero en la invasión operó también un factor psicológico: la famosa foto de Noriega alzando el machete, en indudable desafío al gigante del Norte.
La heroica acción le costó muy cara a Noriega. Fue capturado, y trasladado a Estados Unidos. Se lo juzgó por ocho cargos de narcotráfico, lavado de dinero y “racketeering”, conspiración para delinquir. Y a partir de ese momento, comenzó la odisea del mártir.
Se lo pelotearon entre Estados Unidos, Francia y Panamá. Estuvo en cárceles norteamericanas hasta septiembre de 2007, luego, en abril de 2010, Francia logró su extradición, tras condenas en ausencia por asesinato y lavado de dinero.
En París fue sometido a otro juicio, se lo declaró culpable, y fue condenado a siete años de cárcel. Pero obtuvo la libertad condicional y fue extraditado a Panamá, su amada patria, donde debe cumplir otros 20 años de cárcel. Como ejemplo de resistencia al poder, es único, con excepción del Conde de Montecristo. No es un ejemplo que Cabello desee emular.
EL GOLPE DE LA DEA
Cabello ha examinado otros ejemplos de índole similar. Siempre se trata de próceres que le mojan la oreja al imperio, y terminan habitando tumbas sin nombre, o con sus restos descansando en el fondo del océano.
Basta citar por ahora a Osama bin Laden, quien ordenó a 19 piratas aéreos destruir la propiedad inmobiliaria más costosa de Nueva York, llevándose en su empresa a casi 3.000 personas.
El gobierno de Washington demoró una década en localizar al líder de al-Qaida, que vivía cómodamente exiliado en Pakistán, a escasos centenares de metros de la Academia Militar más prestigiosa del país. Pakistán no es un país de morondanga.
Tiene más de un millón de soldados en servicio activo, y se ha enfrentado ya en varias guerras con la India, tampoco una nación a desdeñar. Los paquistaníes son muy valientes, pero no movieron un dedo para proteger a bin Laden de la ira de sus enemigos. Una prueba más de que a veces, los patriotas genuinos no tienen donde esconderse, a menos sean patriotas cooperantes.
Y eso debe preocupar a Cabello. Especialmente porque la DEA, la agencia antidrogas norteamericana, al señalarlo como presunto narcotraficante, ha logrado su mayor triunfo en décadas, tal vez la mayor victoria desde su fundación.
¿Le inquieta a la DEA si Cabello es culpable o inocente? En lo más mínimo. Cuenta con varias personas que piensan declarar contra él. Y eso le basta. Ahí está Leamsy Salazar, supuesto jefe de seguridad del presidente de la Asamblea Nacional.
El diario ABC de Madrid dijo que Salazar, “como asistente en permanente acompañamiento de Cabello, fue testigo de situaciones y conversaciones que incriminan al presidente de la Asamblea Nacional. En concreto, le vio dar órdenes directas para la partida de lanchas cargadas con toneladas de cocaína y ha aportado evidencias sobre lugares donde se almacenan montañas de dólares en efectivo procedentes de ese negocio ilícito”.
Ignoramos si Salazar dice la verdad. Diosdado Cabello lo niega. No solo eso, teme que Salazar haya contribuido al fallecimiento del presidente Hugo Chávez Frías, del cual, según confirmó, era su jefe de seguridad. Todo es posible, en la dimensión desconocida.
Pero, más allá de anécdotas y rumores, queda una cosa tan clara como el agua que proviene de las altas cumbres: la DEA funciona en base a un presupuesto. Ese presupuesto depende de sus victorias en la lucha contra el narcotráfico. Un Diosdado inocente puede acabar con las tareas de muchos empleados, un Diosdado culpable representa la necesidad de contratar más gente, de asignar más recursos, nombrar más directores, subdirectores, jefes de departamentos.
La economía no prospera en la carestía y en la escasez de productos esenciales, sino en la abundancia de recursos. Por lo tanto, en Estados Unidos se ha decidido que Diosdado, sin importar los méritos acumulados, debe ser llevado a juicio.
Y vamos a ver, en esa ocasión, cuantos combatientes querrán cerrar filas en torno a su condición de ser humano e insigne ciudadano, e indomable combatiente social para quien la Patria es primero.
Lo que ocurra de ahora en adelante sigue un guión previsible, estrictamente de Hollywood. O, para ser más precisos, acata una escena de El Halcón Maltés.
Casi al final del filme, varios mafiosos discuten con Sam Spade, el detective interpretado por Humphrey Bogart, la manera de lavarse las manos de un chanchullo. Spade propone la solución, la eterna solución en estos casos: entregar un chivo expiatorio.
El chivo expiatorio elegido es el legendario actor Elisha Cook, pequeño, desdeñoso, y siempre dispuesto a agredir. Al principio, sus compinches expresan que la entrega es imposible. Al fin y al cabo es uno de los suyos, sienten por él un gran afecto. Pero Sam Spade exhibe las ventajas de arrojar al rufián a los leones. Y convence al resto de los mafiosos, quienes admiten que, pese al amor que sienten por su diminuto cómplice, es mejor librarse de él, y de esa manera salvar el pellejo.
Ignoramos cómo continuarán las peripecias del pequeño David contra el Goliat imperial. Cabello puede controlar todos los recursos del estado y el amor de todos sus compatriotas, pero ahora su suerte no se decide en Venezuela.
En las próximas semanas o meses, habrá jugosas revelaciones, incoherentes desmentidas, y surgirán a la palestra toda clase de personajes, deseables o indeseables. Y a Cabello solo le quedará aguardar el día la verdad. Marcel Proust lo dijo mucho mejor que yo: se trata de “Ese día en que los culpables aseguran que habrá de ser reconocida su inocencia y que, por misteriosas razones, nunca coincide con el de su interrogatorio”.