País de presos, por Aglaya Kinzbruner
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Venezuela es por el momento un país de presos. Nos dirán, ¿por qué decimos esto? ¡Qué horror! ¡Vade retro Satana! Venezuela es un país feliz, de corta memoria pero feliz al fin, esa es sin duda la narrativa oficial. Nada más incierto.
En primera instancia están los presos políticos. En su honor escribimos un silogismo, eso sí medio pirata porque no somos, pero ni de lejos un crack, en esa materia. Ahí va: En Venezuela hay muchos presos políticos, Los presos políticos son buenos, En Venezuela hay muchos presos buenos. Pero no son los únicos.
Los escribidores, por ejemplo. ¿Pueden los periodistas decir toda la verdad sobre los últimos acontecimientos? Claro que no a menos que se deleiten en visitas de encapuchados siniestros.
¿Podríamos nosotros decir que cuándo las elecciones americanas del 2020, hubo muchas llamadas a Venezuela de venezolanos en Estados Unidos denunciando un fraude masivo con los mail-in ballots que venían incluso en blanco, sin el nombre de la persona a quien iban dirigidos. Ni hablar del fraude electrónico, cortesía de la casa.

Lo denunció con toda razón Donald Trump pero desde el comienzo tuvo en su contra los media que en Estados Unidos son mayoritariamente izquierdosos. Y la cúpula reinante en Venezuela que era entonces pro Biden, pro Kamala y otras hierbas y, de consecuencia, antitrumpísimos siempre tuvo estructura piramidal.
A medida, que se declinaba hacia abajo se llegaba a los muertos por miles. Ellos están ahora con Osiris quien, en última instancia, decide quién volverá a la vida y quién no. Para eso tiene una balanza que pesará el corazón de cada quién.
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Su ayudante Anubis, colocará el corazón en un extremo de la balanza y en el otro la pluma de Maat. Si el corazón pesa igual o menos que la pluma, el muerto renacerá. En caso contrario será devorado por un monstruo, perderá su alma para siempre y se convertirá por ende en un desalmado.
Como los desalmados de la cúpula no tienen adónde ir también están presos. Ese es el verdadero busillis del asunto.
Presos por doquier, la Dra. Afiuni porque conocía el intríngulis del escándalo provocado por un enamoramiento tóxico juvenil, la abogada Rocío San Miguel, quien tiene prohibido hablar y solo puede comunicarse con señas por conocer más que nadie la historia del reclamo sobre el Esequibo. Y el reclamo desde hace tiempo caducó pero no se puede decir. Decir o no decir, «that is the question».
¡Y pensar que una amiga encontró hace años donde un anticuario en Londres un mapa antiguo sobre Venezuela que incluía el Esequibo! Avisó enseguida al Consulado Venezolano en Londres que hizo lo que tan bien hicieron siempre exitosamente la Cuarta y la Quinta República.
¡Nada!
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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