¿Qué es «lo más pronto posible»?

Las palabras suelen aclarar las intenciones. A veces también sirven para aplazarlas.
Desde Colombia, el secretario de Estado Marco Rubio ha dicho que las elecciones venezolanas deben celebrarse «lo más pronto posible». La frase parece precisa hasta que se pregunta qué significa.
Han pasado más de ocho meses desde el 3 de enero. Tiempo suficiente para preguntarse por qué Venezuela todavía no tiene un nuevo Tribunal Supremo de Justicia ni un Consejo Nacional Electoral independiente. No era tarea ciclópea. Era, precisamente, una de las primeras tareas de una transición.
Elecciones, además, ha habido. Incluso bajo el férreo dominio del régimen se votó y la oposición logró vencer más de una vez. Otra cosa fue que el poder aceptara la derrota.
Quizás allí esté la verdadera cuestión.
¿Se teme convocar elecciones porque quienes todavía conservan el poder podrían desconocer nuevamente sus resultados?
Si es así, el problema ya no es electoral sino político. Y la conclusión, incómoda: quienes debían abandonar el poder conservan todavía suficiente poder para impedir que otros lo ejerzan.
De allí nace otra pregunta. Si después de ocho meses todavía no se ha logrado un TSJ independiente ni un CNE confiable, ¿quién conduce realmente la transición?
El interinato carece de respaldo popular significativo, pero conserva buena parte de los instrumentos coercitivos del antiguo régimen. Siguen existiendo presos políticos y muchos de los excarcelados no han recuperado plenamente su libertad jurídica.
El terror no necesita llenar las cárceles. Le basta con conservar las llaves.
Y entonces aparece la contradicción.
Washington afirma que la reconstrucción económica y la institucional deben avanzar simultáneamente. Pero los acuerdos, las inversiones y el petróleo avanzan; la democracia sigue sin calendario.
Puede ser prudencia. Puede ser negociación. Puede ser cálculo. Lo que cada día resulta más difícil llamarlo es simple demora.
Porque nadie entrega voluntariamente el instrumento con el cual conserva el poder. Esperar que quienes controlan el TSJ y el CNE designen espontáneamente instituciones que ya no puedan controlar sería pedir al poder que fabrique por sí mismo su límite.
El poder rara vez se pone la soga al cuello.
Para eso existen la negociación, las garantías y, cuando hace falta, la presión. Una transición que depende exclusivamente de la voluntad de quien debe ceder el poder corre el riesgo de dejar de ser transición para convertirse en permanencia.
Ocho meses permiten comprender dificultades. No justifican indefiniciones.
«Lo más pronto posible» necesita dejar de ser una frase y convertirse en una fecha.
Porque cuando el plazo no tiene término, la espera puede terminar siendo el propósito.
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