Vladimir Villegas: “Veinte dólares y te paso las maletas”
Llegando de un viaje al exterior, estamos en El aeropuerto de Maiquetía a la espera de las maletas. Como de costumbre, la cosa se demora más de la cuenta luego de la confusión de siempre con respecto a las correas por la cual saldrá el equipaje.
En medio de la espera no queda otra que darle rienda suelta a la conversación que espontáneamente surge con el pasajero que tenemos al lado. Ambos nos ponemos atención a medias. Cada quien anda pendiente de que salga la maleta o las maletas que nos pertenecen. Mi interlocutor ya ha sacado de la correa dos o tres valijas cuando se le acerca de lo más circunspecto un individuo con un carnet colgando del cuello. Es un tipo bien alimentado. Alto. De jeans y camisa blanca.
“Señor, si me da veinte dólares la hago pasar sin que le revisen las maletas. Veo que tiene muchas”. El pasajero le resta importancia a la ” ayudaíta” que le ofrecen y yo me centro en la correa giratoria. Ya se va haciendo tarde y hay que subir a Caracas. Hago mi cola para pasar el equipaje por las máquinas que “escanean” todo lo que traen los viajeros. Veo que la cola está ruda. Hay revisión exhaustiva de las maletas de varios pasajeros. Y no dejo de ponerme suspicaz. ¿Será que fueron tocados por el personaje de la tarifa de veinte dólares para pasar” por go” y se negaron a su amable propuesta?
Me llega mi turno y también me sale revisión de uno de mis maletines. Les llamó la atención que traía mi tableta, dos celulares usados y un cargador. Salgo rápido del trance pero una pasajera que trae tres celulares nuevos es conminada a acompañar a un funcionario hasta ” el cuartico”, como se llama comúnmente al lugar donde se hacen revisiones más exhaustivas aun y se determina si lo declarado se corresponde con la carga.
¿Quién le da acceso a esos personajes que tienen libre tránsito en el área donde llegan los equipajes? ¿Son funcionarios del aeropuerto, del Seniat o de otra institución? Preguntas sin respuesta. Pero queda en el ambiente el comentario que hacen muchos ciudadanos sobre lo que significa llegar a Venezuela y encontrarse como puerta de entrada con estas y otras situaciones que ponen en evidencia el deterioro por el cual estamos pasando.
Grandes guisos de Odebrecht, megaguisos con la comida y las medicinas del pueblo. Y también la corrupción en pequeño, en billete de veinte dólares, como lo que me tocó presenciar. El país transita por ese calvario de la descomposición. El peaje se ha institucionalizado en lo macro y en lo micro. Cualquier gestión ante un ente público puede estar marcada por la coima, por el cuanto hay pa eso, por el ¿cómo quedo yo ahí? Se trate de una solvencia, un pasaporte o una guía para movilizar un transporte de carga.
Todo gracias a la impunidad y al mal ejemplo. La corrupción es el producto que viene en la mayor cantidad de presentaciones. No respeta prácticamente ningún ámbito y, lo que es peor, un caso silencia a otro y por lo general ambos terminan sin castigo. El individuo que se rebusca sus veinte dólares a costa del temor que tiene un pasajero de ser despojado de cualquier cosa que traiga del exterior, bien sea comida, medicina, celulares u otros aparatos electrónicos, está animado por el mismo interés que el comisionista, el funcionario civil o militar que busca resolverse en un negocio multimillonario o el policía que hace su fin de semana matraqueando a los chamos que se van a la playa.
Cambiar el modelo económico, pasar de un modelo rentista a uno productivo, cambiar de gobierno e incluso cambiar la constitución luce una tarea mucho más sencilla que desterrar la corrupción. Es uno de los grandes males que tenemos como sociedad. Nuestro consuelo de tontos es que buena parte del mundo anda en las mismas. Pero eso es problema de ellos. El nuestro es que la corrupción no solo carcome valores morales, es que gracias a ella nos hemos empobrecido. Unos el alma y otros el bolsillo. ¿Cómo se sale de ese laberinto? Pregunta sin respuesta. Hay que llamar a un amigo o utilizar el comodín. Lo cierto es que sin derrotar ese monstruo es imposible pensar en una nueva y mejor Venezuela.
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