Antes de condenar

Las reacciones en las redes ante la presencia de Dinorah Figuera revelan más impaciencia que juicio. Es comprensible. Años de negociaciones frustradas —Santo Domingo, Barbados, México— dejaron una desconfianza que no nació de la nada. Pero precisamente esa experiencia debería enseñarnos a distinguir entre una maniobra destinada a legitimar al poder y un paso orientado a desbloquear una transición.
Que representantes de la Asamblea Nacional de 2015 se sienten con Jorge Rodríguez para acordar la composición del CNE y del TSJ no constituye una claudicación. Es, por el contrario, la única manera de que esas instituciones dejen de responder exclusivamente a una de las partes. Conviene recordar la alternativa: hasta hace poco parecía inevitable que fueran constituidas unilateralmente por quienes hoy controlan el poder.
Ninguna transición política exitosa se ha construido en una plaza pública ni bajo transmisión permanente. Los acuerdos que abrieron paso a cambios democráticos en distintos países se forjaron mediante conversaciones reservadas, precisamente para permitir que las partes encontraran espacios de entendimiento. Transparencia no significa divulgar cada paso en tiempo real, sino responder por los resultados alcanzados.
Nadie fuera de la mesa conoce los detalles. Pero la dirección parece clara: comenzar por la conformación equilibrada de las instituciones encargadas de arbitrar el proceso y, a partir de allí, avanzar hacia la definición de un calendario electoral y de las garantías necesarias para que ese proceso sea creíble.
La crítica es indispensable en democracia. Lo que resulta menos útil es la condena anticipada, la que se formula antes de conocer los hechos. La impaciencia puede ser comprensible; el prejuicio, no necesariamente. Y cuando el objetivo es abrir una salida política, el ruido suele ayudar menos que la prudencia.
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