Venezuela: desenredar el pasado, reconstruir el futuro

Venezuela quedó atrapada durante más de un cuarto de siglo en un enredo político, institucional y económico que ha dejado profundas consecuencias en la vida nacional. El chavismo, desde sus primeros pasos, utilizó un discurso de ruptura, promesas y ofrecimientos que logró envolver a una parte importante del pueblo venezolano. Hugo Chávez convirtió su verbo en un instrumento de poder y presentó su proyecto como la respuesta definitiva a todos los males del país.
Después del intento de golpe del 4 de febrero de 1992, derrotado por el presidente Carlos Andrés Pérez y por las instituciones democráticas, Chávez pasó de ser un militar golpista a convertirse en una figura política de creciente influencia. En 1998 llegó a la Presidencia por la vía electoral, acompañado de un discurso que prometía transformar radicalmente a Venezuela.
Fue el comienzo de un proceso que terminaría modificando profundamente la estructura política e institucional del país.
La nueva Constitución de 1999 cambió las bases institucionales de la República y amplió las facultades del Poder Ejecutivo. Con el paso de los años, el poder fue concentrándose cada vez más, mientras se debilitaban los contrapesos necesarios para preservar el equilibrio democrático.
Pero el proyecto no se limitó a Venezuela.
El interés de Fidel Castro por el petróleo venezolano tenía antecedentes lejanos. En enero de 1959, durante su visita a Venezuela, se reunió con Rómulo Betancourt, entonces presidente electo, y le planteó la posibilidad de obtener petróleo en condiciones preferenciales. Betancourt se mantuvo firme y rechazó aquella pretensión. Ese episodio permite apreciar el contraste entre la posición que asumió entonces el liderazgo democrático venezolano y la política que, décadas después, adoptaría el chavismo frente a Cuba.
Décadas después, con la llegada de Chávez al poder, la relación con Cuba tomó un rumbo distinto. En el año 2000, Hugo Chávez y Fidel Castro suscribieron un acuerdo de cooperación mediante el cual Venezuela suministraba petróleo a Cuba en condiciones preferenciales y recibía bienes y servicios cubanos.
Para quienes observábamos aquel proceso con preocupación, esa relación representaba mucho más que un simple convenio de cooperación. Era el comienzo de una influencia política que fue adquiriendo dimensiones cada vez mayores en asuntos fundamentales de la vida venezolana.
El petróleo, nuestra principal riqueza, dejó de ser únicamente una fuente de ingresos para convertirse también en instrumento de política exterior. Venezuela amplió sus vínculos con China, Rusia e Irán y utilizó parte de su capacidad energética para construir relaciones internacionales que respondían a la estrategia geopolítica del chavismo.
Con China se establecieron importantes mecanismos de financiamiento respaldados por entregas de petróleo. Con Irán se desarrollaron intercambios petroleros y cooperación técnica. Rusia pasó a ocupar igualmente un lugar destacado en las relaciones estratégicas del gobierno venezolano.
Mientras tanto, nuestra industria petrolera se debilitaba.
Con los años, la producción petrolera venezolana sufrió una profunda caída y PDVSA perdió buena parte de su capacidad productiva. La EIA estima que en 2023 Venezuela produjo unos 742.000 barriles diarios, cerca de 70% menos que en 2013, en un contexto marcado por el deterioro de la empresa, la falta de inversión y graves problemas operativos y financieros.
Así se fue formando el gran enredo venezolano.
No fue solamente un problema de gobierno. Fue un proceso de penetración política, debilitamiento institucional, dependencia económica y utilización de los recursos nacionales para objetivos que muchas veces estuvieron alejados de las necesidades fundamentales de los venezolanos.
También participaron en ese proceso sectores que se presentaban como democráticos y que, por conveniencia, ingenuidad o intereses particulares, terminaron aceptando situaciones que debieron ser enfrentadas con mayor firmeza. Instituciones militares, diplomáticas y civiles fueron progresivamente incorporadas a una lógica política que terminó afectando su autonomía.
La relación con Cuba adquirió una importancia especial. Fidel Castro había comprendido el enorme valor estratégico de Venezuela y de su petróleo. Desde esa perspectiva, el chavismo representó una oportunidad extraordinaria para proyectar la influencia cubana y fortalecer una alianza que trascendía las fronteras de ambos países.
Venezuela, mientras tanto, fue entregando progresivamente espacios de autonomía.
El resultado está a la vista: pobreza, deterioro institucional, emigración masiva, destrucción de buena parte del aparato productivo, una industria petrolera que perdió buena parte de su capacidad y una PDVSA debilitada, lejos de la fortaleza que alguna vez tuvo.
Han sido años de confusión, de ilusiones perdidas y de promesas que no se correspondieron con la realidad. Un país que durante décadas había construido una experiencia democrática con todos sus defectos terminó sometido a una profunda fractura política, económica y social.
Por eso es necesario mirar nuevamente nuestra historia.
La democracia venezolana, nacida en 1958, permitió durante décadas la alternancia pacífica en el poder y la construcción de instituciones civiles. Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi forman parte de esa etapa de nuestra historia, con sus aciertos y sus errores.
No se trata de idealizar aquel período. Se trata de reconocer que la democracia, aun con sus imperfecciones, ofrecía un principio fundamental: el poder tenía límites y podía ser sustituido mediante el voto.
Ese principio es el que Venezuela necesita recuperar.
El gran desafío que tenemos por delante es desenredar todo aquello que durante estos años fue deliberadamente o progresivamente enredado: la política de las instituciones, el petróleo de los intereses geopolíticos, la Fuerza Armada de la lucha partidista, la diplomacia de las dependencias externas y el Estado de los intereses de quienes lo han utilizado como instrumento de poder.
Venezuela no necesita otro encantador de serpientes. Tampoco necesita otro salvador.
Necesita instituciones.
Necesita recuperar el valor de la ley, del trabajo, de la educación, de la producción y de la libertad. Necesita reconstruir la confianza entre los venezolanos y recuperar una convivencia en la que las diferencias políticas no sean motivo de destrucción nacional.
La reconciliación es uno de los elementos fundamentales de esa reconstrucción. Necesitamos reconocernos nuevamente como venezolanos, escucharnos con respeto y abrazarnos bajo un propósito común: hacer de Venezuela un país de bienestar y oportunidades para todos. Cada ciudadano debe encontrar espacio para contribuir, con sus ideas y su esfuerzo, al futuro de la nación.
Después de tantos años, el pueblo venezolano tiene derecho a recuperar la esperanza. Pero esa esperanza no puede volver a descansar en promesas providenciales ni en hombres que se presenten como los únicos capaces de salvar a la República.
Debe descansar en los ciudadanos, en las instituciones y en la democracia.
El enredo ha sido largo y doloroso. Desenredarlo será una tarea enorme. Pero Venezuela puede hacerlo si vuelve a confiar en la voluntad de sus ciudadanos, en la fuerza de sus instituciones y en la capacidad de su pueblo para recuperar, por la vía democrática, el país que merece.
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