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sábado, 7 de marzo de 2015

Política y chantajes

Política y chantajes

La atmósfera que predomina en Venezuela no es propicia para la libertad de expresión, pero no se trata solo del resultado de la imposición establecida por el gobierno frente a los que piensan distinto. Estamos ante un fenómeno más extendido, debido a cuya influencia se buscan unanimidades a la fuerza. Tal vez el origen del asunto se encuentre en la pretensión oficialista de que hagamos caso a todo lo que se le ocurre, o en la condena que disparan de manera mecánica contra los que piensen distinto. La insistente manera de distinguir a la ciudadanía según las virtudes y las maldades de su pensamiento puede, después de quince años, regarse como una plaga. Quizá, pero ahora solo quiere el escribidor detenerse en la dificultad que en general tienen los políticos, pero también quienes habitualmente se expresan ante el público,  para llamar las cosas por su nombre debido al miedo que tienen de no contrariar una determinada corriente arraigada en la sociedad, independientemente de lo disparatada e irracional que sea.
El ejemplo de una polémica reciente puede aclarar el punto, aunque quizá el vocablo “polémica” resulte ahora exagerado. En la AN, el oficialismo planteó una condena contra la “oligarquía” colombiana debido a que, partiendo de su influencia, los medios de ese país irrespetaban nuestros símbolos patrios. Como se sabe, un caricaturista de una revista que se edita en Bogotá quiso mostrar la crisis venezolana mediante la exhibición de un Escudo Nacional que, a diferencia del consagrado desde el nacimiento de la república, deja de ser un conjunto de promesas y enaltecimientos para exhibir señales de general bancarrota. Aquello cayó como una bomba en el alto gobierno, cuyos voceros promovieron un acuerdo de condena en el Parlamento. Se rasgaron las vestiduras ante lo que juzgaron como una afrenta desproporcionada, invocaron a los padres fundadores ante el complot llevado a cabo por fuerzas siniestras del extranjero, disertaron sobre el carácter sacrosanto de los símbolos supuestamente hollados y pidieron un acuerdo unánime contra los profanadores de la patria.
El acuerdo no se logró, pero ahora solo se quiere insistir en la pobreza de los  argumentos manejados por los diputados de la oposición para negarse a suscribirlo. La sola mención de la patria mancillada los llevó a lamentables respuestas mochas. No se atrevieron a levantar la voz frente a una manipulación camuflada en el patrioterismo. No se atrevieron a agarrar el toro por los cuernos, esto es, a la defensa de la libertad de expresión que tiene un caricaturista colombiano, o de cualquier otra latitud, para tratar según su gusto un tema que le parece importante. No se atrevieron a poner en su lugar a los iracundos enemigos de la prensa libre, disfrazados de hijos de un Bolívar supuestamente ofendido y de enemigos de un tenebroso Santander halado por los cabellos en una discusión de actualidad. Les hablaron de la patria y de su obligante defensa, para que se limitaran a los balbuceos. ¿Cómo reaccionar con sentido común, pero especialmente con argumentos capaces de desmontar una fastidiosa falacia, si corrían el riesgo de desfilar ante la hoguera destinada a los herejes? Ni siquiera el reciente atentado contra Charlie Hebdo, capaz de conmover el mundo occidental y de poner en un inevitable primer plano el asunto de la libertad de expresión, aun cuando toque valores y personajes de naturaleza religiosa, modificó el discurso lampiño de los opositores.
Pero la bola pica y se extiende, si consideramos asuntos tan elocuentes como el denominado Documento de la Transición frente al cual se han solicitado  apoyos masivos como los que reclama el gobierno para sus políticas. Como provocó la aberrante y arbitraria prisión del alcalde Ledezma, nadie se atreve a discutir su contenido, nadie lo toca ni con el pétalo de una rosa pese a sus intrincadas letras. Una matriz de opinión pide una solidaridad abrumadora que, de no suceder, provocará baldones y condenas para quienes se distancien de sus propuestas después de pensar con autonomía. Ahora  no es el gobierno, sino voceros de la otra orilla, quienes te condenan a pensar de una sola forma y a hablar en tono monocorde. Vientos sofocantes mueven la atmósfera.

domingo, 22 de febrero de 2015

Nada va a cambiar

Nada va a cambiar

La “revolución” experimenta su peor momento, pero no hará nada para salir de su atolladero. No importa que las cosas estén mal, en la medida en que a la gente del gobierno solo le interesa decir que todo marcha sobre rieles. Seguramente desde los tiempos ya remotos de Julián Castro no habíamos tenido un mandatario tan carente de luces como el de la actualidad, pero a los “revolucionarios” no les pasa por la cabeza la posibilidad de retirarlo de la escena por vía constitucional, o de rodearlo de consejeros sabios. Las carestías materiales de nuestros días quizá solo tengan comparación con las estrecheces de finales del siglo XIX, cuando Crespo era acorralado sin misericordia por las huestes del desempleo y la hambruna, pero a la gente del régimen no les pasa por el frente pese a que saltan a la vista. Los casos de corrupción administrativa claman al cielo, pero ellos no se ocuparán ni de mover una escoba para tapar el sucio. En consecuencia, pierden el tiempo los que estén pensando en la alternativa de una mudanza, así sea leve, en los procederes del mal gobierno.
Pero los “revolucionarios” de las alturas manejan a la perfección los datos de la severa crisis que hoy se experimenta. Saben que son responsables de todas y cada una de las medidas que han tomado para poner las cosas en el lugar en el que se encuentran hoy, de la lastimera vejez de las ideas, de los nombramientos desacertados, de la vista más gorda del universo cuando se trata de pescar ladrones, de la incuria generalizada. Ni un solo testimonio se les escapa de la calamidad que han fabricado con paciencia de relojero antiguo, con frialdad de verdugo borracho. ¿Entonces? Saben perfectamente el tamaño del agujero que han cavado, pero no van a arrojar paletadas de tierra para rellenarlo. Una rectificación de conducta significaría el reconocimiento de una desgracia de quince años, la aceptación de una catástrofe que en tres lustros ha hecho lo que en otras latitudes solo se realizaría en cincuenta años de guerra civil, o como producto de un movimiento telúrico. ¿Se van a comparar, por ejemplo, con los hunos de Atila, considerando la mala prensa que acompaña a los barbáricos y a su caudillo desde la antigüedad? ¿Van a asumir la responsabilidad de unos tiempos de inenarrable destrucción? De ser el caso, el solo hecho de hacer una analogía entre el caudillo levantado contra la decadente Roma y el que inventó la invasión contra las debilidades de la democracia representativa los pondría en aprietos indisolubles. ¿O se van a comparar con un terremoto de escala nacional? No será el caso.
La cruzada contra la credulidad, emprendida por el régimen cuando habla de guerra económica como explicación de los fracasos en materia de subsistencias, da cuenta de la postura de los “revolucionarios” en el trance que les ocupa, remite a un empeño de negación de la realidad y de las causas que la mueven del cual se desprende la petrificación en la toma de decisiones. Pero, de tan manida, tal vez convenga ahora dejar esa cruzada de lado para mirar hacia actitudes tan atrabiliarias como el deseo “revolucionario” de evitar que la prensa de España y Colombia se exprese libremente sobre la política venezolana. La “revolución” está tan segura de la maravilla de sus obras que  les prohíbe a los periodistas de la Península y a los caricaturistas del Nuevo Reino el atrevimiento de un reproche, el golpe de un tubazo, el anatema de un dibujo. Un régimen que se expone ante el mundo con semejante desajuste conductual, en lugar de acercarse a la enmienda se planta en hábitos anteriores  y se regodea en la pose de quedarse plantado.
Así la “revolución” le dice al mundo cómo es y cómo se mantendrá en la postura: fiel a un proyecto de dominación, independientemente de las atrocidades que produce. Pero también aprovecha para comunicarnos a nosotros, los venezolanos, que no desviará ni un milímetro su orientación. La confesión significa un desafío de difícil respuesta para la sociedad sufriente y desdeñada que anhela horizontes distintos. Especialmente para los partidos de oposición, a cuyos líderes toca entender, desde su propio atolladero, que no están lidiando con un simple caso de testarudez.

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